• Mauricio Bertero

La pensión

Actualizado: ene 2

Llegué a La Serena con 17 años, un mes de marzo de 1978, ataviado con una maleta, en mi interior muchos miedos pero también ilusiones, y con una dirección escrita en un papel de cuaderno celosamente guardado en el bolsillo. Pese a que había estudiado parte de mi enseñanza media en el Internado Nacional Barros Arana de Santiago, mi familia y redes estaban en Quillota.


La Serena y sus playas, hace unos 5 años

Había dado la Prueba de Aptitud Académica, PAA, y quedé seleccionado -como ocurría por esos años- en las más diversas carreras y universidades: Derecho en la Universidad Católica de Valparaíso, Ingeniería en Geomensura en la Austral de Valdivia y Pedagogía en Historia y Geografía en la Universidad de Chile de La Serena. Realmente no sé porqué elegí esta última. No conocía La Serena ni a nadie en la ciudad, tampoco la carrera. Me dejaba llevar por la deriva de la vida, esa que te empuja como la marea y en la cual confías siguiendo lo que llamamos intuición.


Después de unas 8 o 9 horas de viaje, por una carretera de doble tránsito -una sola vía y cuestas empinadas- arribé en un bus Lasval al "terminal" que se ubicaba en ese entonces en la Avenida de Aguirre, casi al anochecer.


El papel de mi bolsillo decía calle Colón y un número que no recuerdo. Preguntando, con ese aire de turista, llegué pronto a la dirección. El dato me lo había dado un conocido, dentro de un grupo de amigos con quienes aún me juntaba en la plaza de Quillota. Esa persona conocía a otra que estaba estudiando en La Serena y vivía en aquella pensión. Así obtuve el dato clave para mi inserción en un lugar que desconocía por completo.


La primera, fue una noche de ansiedad y también entusiasmo por lo que venía. Conocer la universidad, la ciudad, la carrera, los trámites que debía hacer para confirmar la matrícula. Miles de pensamientos de cosas por hacer, las inseguridades propias de la edad, y la nostalgia por dejar atrás un mundo que me era conocido y adentrarme en otro lleno de incertidumbre.


La Serena de entonces era una pequeña ciudad intermedia, ni remotamente comparada con lo que es hoy. Era la ciudad que soñó Gabriel González Videla, con su estilo neocolonial, hermosos edificios, amplia avenida, limpia, segura, tranquila, demasiado tranquila. El cuadrante urbano era desde Almagro por el norte a Huanhualí por el sur, desde las colinas donde están la universidad y el regimiento hasta Pedro Pablo Muñoz. El resto eran extramuros, muy incipientes barrios en la periferia. La Avenida de Aguirre llegaba hasta El Faro en la playa, y por la costa, nada; ni caminos ni senderos, nada, solo vegas y playas hasta Peñuelas, que era el balneario. La ciudad escalonada en terrazas le daba la espalda al mar.


La Serena y su primera Avenida del Mar, hacia 1978

Sufrí los dos primeros meses. La pensión me quedaba lejana de la universidad, debía caminar todo el centro y luego subir la colina. No existía movilización para ese trayecto. Y lo más angustiante era que la pensión no era cómoda. Una casa con habitaciones antiguas, con un alto cielo desde el cual pendía un largo cable que terminaba en un soquete y una ampolleta amarillenta de poca luz. Un baño común atravesando un patio central. Poca luz, mucho frío y harta soledad. Pero lo peor, es que la pieza colindaba con otra en la casa contigua, que también era parte de la pensión. Y allí moraba una anciana que nunca vi, pero que toda la noche, al parecer medio dormida, se quejaba de manera escalofriante. Me decían que no me preocupara que sufría de Alzheimer y era su costumbre emitir esos ruidos. Yo, no lograba dormir bien.


Fue un compañero de carrera y hoy amigo, Miguel Ángel, al cual confidencié mis dificultades, quien me instó a cambiarme a su pensión. Y cumplido el mes, así lo hice. Me cambié de lugar, a la calle Las Casas, donde doña Adriana. Era una viuda que vivía sola junto a su nana, de muchas relaciones en esa cerrada y pequeña sociedad serenense que comenzaba a conocer. Jugaba a las cartas cada sábado con sus amistades, fumaba mucho y tenía una voz aguardentosa. Afectuosa y de fuerte personalidad, se imponía por su vozarrón. Ella por varios años reemplazó a la familia, junto a Miguel Ángel, compañero de habitación que había llegado a estudiar desde Santiago; Sergio -otro compañero de carrera y amigo que venía de Quintero-, y el "Puma", un estudiante avanzado de Químico Laboratorista, también de Quintero. Luego, se agregarían un par de compañeras de otras carreras. Mi gratitud para Miguel Ángel, quien me rescató de mi primera pensión.


Más adelante vendrían otras pensiones, en mi larga estadía en La Serena. Descubrí que más de la mitad de quienes llegaban a estudiar a la Universidad de Chile y a la Universidad Técnica del Estado procedían de otras ciudades de Chile. Por eso, había una formada oferta de casas que recibían universitarios los que ayudaban a la economía local, oxigenaban el ambiente juvenil y formaban vínculos con nuestra sociedad anfitriona. Algunos hicimos de ésta nuestro lugar de residencia y trabajo, otros profesionales se repartieron por el país y el mundo.


La deriva de la vida


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