• Mauricio Bertero

Los hijos de la elite chilena

Actualizado: ene 10

Hace algunos años me surgió una reflexión intuitiva (así denomino esas conexiones que me llegan de improviso y sin mayor esfuerzo intelectual). Más que una afirmación es una pregunta que desarrollaré en este escrito: ¿Hay alguna relación entre los cambios que observamos en la sociedad chilena y los hijos de la elite del país?


En rigor, debiera hablar de las elites chilenas. Conceptualmente según la teoría, existen varias de ellas, tanto políticas como económicas, sociales y culturales. Sin embargo, me voy a centrar en un grupo particular dentro de esas elites, que desde tiempos coloniales condujo el presente y el futuro del país, y que nació como lo que se conoce como la aristocracia castellano-vasca, nombre otorgado por el historiador Francisco Antonio Encina. Los primigenios fueron los de ascendencia castellana y en el siglo XVIII incorporan y se funden con los vascos. De allí parte esta historia de poder e influencia.


Conste que no me estoy refiriendo a la llamada "clase alta" o "clase dominante" de la teoría marxista, a los "ricos", a lo que hoy les llamarían vulgarmente "cuicos" u otros conceptos un tanto imprecisos, vagos y confusos. Mi foco es ese grupo dentro de la elite que incluso hoy tiene características particulares y reconocibles, cuya característica simbólica está quizá dada por los apellidos y densas redes laborales y sociales. De este grupo están excluidos los "nuevos ricos", los políticos, incluso muchos empresarios, y obviamente los narcotraficantes que también pueden poseer mucho dinero como hemos visto últimamente.


Esos hijos de la elite han hecho noticia por estos días al filtrarse en redes sociales digitales la realización de una fiesta en el balneario de Cachagua, uno de los lugares donde tradicionalmente veranean. Varias decenas de jóvenes, sin mascarillas ni distanciamiento, apiñados en una celebración de año nuevo, en una casa que arrendaron para tal efecto. Lo más grave fue su efecto en pandemia, aparte de saltarse las normas, muchos se contagiaron de Covid-19. Se podría pensar que es un acto irresponsable habitual en adolescentes, pero hay algo más profundo y revela el deterioro del concepto de prudencia, austeridad y responsabilidad que esta elite se encargó de promover en generaciones anteriores.


Un poco de historia


Esa elite dura fue mutando con los siglos, pero ha permanecido relativamente homogénea. en su composición. Hasta mediados del siglo XX su base de poder y riqueza fue la posesión de tierras, en directa relación con el tipo de economía agraria predominante, aunque en el siglo XIX fue incorporando a otros miembros como comerciantes enriquecidos, algunos muy escasos mineros y ciertos inmigrantes europeos que, enlazados matrimonialmente, fueron aceptados y pasaron a ser parte de este exclusivo club.


Algunos aspectos característicos de la elite chilena y que han perpetuado a pesar del paso de los años han sido su endogamia, conservadurismo, adhesión irrestricta al orden, al catolicismo y el control sobre quienes son socialmente aceptados en el grupo y pasan a ser reconocidos como parte de él mediante un complejo sistema de gestos y símbolos. Y parte importante de ese simbolismo social son los valores, actitudes y conductas. Los más importantes han sido la austeridad, la sobriedad, la prudencia, la solidaridad entendida como caridad, los modales refinados, el talento, la apariencia física, el "buen gusto", el convencimiento de poseer una superioridad moral, entre otros.


Estos valores, actitudes y conductas permearon también, con el paso del tiempo, a toda la sociedad chilena. Fueron una especie de ejemplo que otros grupos sociales por un efecto imitativo los incorporaron a sus prácticas. Lo podemos ver incluso hoy en día cómo esos valores siguen siendo parte de su visión de sociedad. Por su parte, las mujeres de la elite jugaron un papel anónimo pero que fue fundamental en la transmisión de esos preceptos familiares. En parte, esto explica que las interpretaciones lineales o ideologizadas sobre el funcionamiento de la sociedad, tan de moda en ciertas carreras y universidades, no calcen con lo que un observador desapasionado encuentra en la realidad.



Hasta 1938 esta elite controló la economía, modeló la sociedad y capturó la política en Chile. Hasta esas décadas, el congreso, la curia, la economía, el gobierno, el estado contaban con la participación de personajes pertenecientes a este grupo privilegiado. La llegada al poder ese año del radical Pedro Aguirre Cerda, de la mano del Frente Popular, introdujo un cambio lento pero irreversible en la sociedad y la política, que tuvo su punto culminante en la Reforma Agraria, la cual terminó interviniendo su base económica basada en la tierra, el latifundio. La izquierda y los jesuitas, por su parte, - en la política y la religión, respectivamente - reinterpretaron y se apropiaron del concepto de solidaridad que la elite había practicado. La solidaridad, socialmente, dejó de ser caridad para convertirse en justicia social. La elite dura a la que hacemos referencia, comenzó su paulatino retiro de la vida pública, se refugió en sus propiedades, familias, en el anonimato, junto con buscar otras estrategias para incidir sin que se notara, resguardarse del cuestionamiento y mantener su estilo de vida. Desde ese momento dejaron de intervenir directamente en la vida pública del país, de figurar, de llamar la atención. Un proceso paulatino de retraimiento, concentrándose solo en ciertos gremios empresariales o clubes exclusivos.


Hoy vemos que es difícil acceder a ellos, rehúyen de cualquier figuración mediática, no se exhiben, no se exponen, cuidan celosamente su privacidad y las de sus familias. Jamás verás a alguno en un programa de TV e incluso de muchos ni siquiera existen fotografías en plena era de la información. Otros escasos, aparecen de vez en cuando en las revistas de papel couché o en la vida social de ciertos diarios.


La educación como objeto simbólico


Uno de los procesos de reconfiguración interna que ha vivido esta elite fue la aceptación de la educación como símbolo de reconocimiento social y acreditación de capacidad. Si en un principio, con la incorporación de extranjeros al grupo, amplió sus horizontes en este país-isla, este paso hizo que se volviera admiradora de la cultura, principalmente europea, y el refinamiento cultural. Luego, aceptaron las credenciales académicas como indicadores de capacidad y mérito para obtener los mejores cargos. Así, la elite comienza a poner énfasis en la educación y para ello eligen exclusivos -y no cualquier- colegio. La educación pasa a legitimar el poder que da el dinero, de allí que le den un énfasis casi obsesivo en obtener la mejor educación. El capital cultural como herencia en el seno familiar. Como diría Bourdieu, "lo esencial consiste en que, cuando son percibidas a través de estas categorías sociales de percepción, de estos principios de visión y de división, las diferencias en las prácticas, en los bienes poseídos, en las opiniones expresadas, se convierten en diferencias simbólicas y constituyen un auténtico lenguaje”.


Hoy el factor educación en el núcleo duro de la elite chilena es incuestionable. Un estudio realizado por la empresa Seminarium señala que para ser reconocido como un líder corporativo en el país, es necesario “haber estudiado en: uno de los colegios que corresponde al 0,1% de los colegios de Chile, en una de las universidades que equivalen al 1% de las instituciones de educación superior... y en una de dos carreras que se imparten en las universidades chilenas. Una combinación de establecimientos educacionales tan específica debiera tener a priori una baja probabilidad de ocurrencia, sin embargo en Chile un 17,5% de los líderes empresariales recorrieron este camino, muy similar al 16,7% de los gerentes generales, pero bajo del 23,3% de los empresarios”.


La coherencia valórica a la hora de elegir los colegios de sus hijos ha hecho que se concentren en establecimientos privados, especialmente aquellos a cargo de congregaciones religiosas como los Legionarios de Cristo y el Opus Dei. La universidad predilecta es la Pontificia Universidad Católica de Chile, aunque han comenzado en los últimos años a integrarse también a otras universidades privadas en menor medida, entre ellas las controladas por esas mismas congregaciones. Las carreras predominantes son Ingeniería Comercial e Ingeniería Civil.


De poderes visibles a poderes fácticos


Valga el preámbulo explicativo antes de adentrarme en el foco de la pregunta inicial: ¿Hay alguna relación entre los cambios que observamos en la sociedad chilena y las nuevas generaciones de la elite del país?


Creo que en parte sí. Los hijos de la elite, me atrevo a decir, ya no cultivan los mismos valores de sus padres y antepasados. A pesar de vivir en sus burbujas urbanas y culturales no han sido ajenos a procesos de su entorno y del mundo. Considero que en ello fue determinante el retraimiento de la elite del espacio público a partir de los años '60, debido a los cuestionamientos políticos y sociales antes explicados. Casi retirada de la política dejó de influir socialmente, aunque mantuvo su poder e influencia en la economía a través de las empresas, holdings y otros conglomerados. La solidaridad entendida en su momento como caridad y beneficencia se corporativizó transformándose en la forma moderna de una anodina y edulcorada Responsabilidad Social Empresarial perdiendo así su influencia social que a través de obras católicas o laicas apoyó en el pasado. La misma sociedad chilena, junto con el desarrollo económico cayó en la ostentación, el consumismo y la intrepidez para ganar dinero fácil, pasando a ser sus valores tradicionales como la sobriedad y la austeridad algo rancio, anticuado, no adecuado a los tiempos. Y parte de la elite cayó en lo mismo.



Recientemente escuché al historiador Gonzalo Rojas afirmar que los sucesos que hemos visto en Chile con el llamado estallido social son el resultado de un proceso acelerado de modernización capitalista iniciado en la década de los '80 y que ningún país del mundo había experimentado. Según Rojas, el error de los grupos políticos que implementaron ese proceso de transformación fue no haber previsto que, junto al desarrollo, llegarían al país desafíos estructurales que finalmente tensionarían el modelo por una desatención en regular, canalizar y conducir las expectativas de la mayoría de la población. Algo así como la carencia de una estrategia sociopolítica que acompañara el proceso. En lo personal, con la información que uno tiene, siempre limitada y siempre muy particular, me parece una interpretación o explicación adecuada para entender el momento histórico que vivimos.


Los cambios culturales globales, la descomposición social que trajo el proceso de modernización capitalista en Chile, los fenómenos emergentes como el extendido consumo de drogas, el globalismo, el progresismo y otras derivaciones importadas desde otras latitudes como el nihilismo y el hedonismo, estoy seguro de que están impactando a los hijos de la elite.


Los valores y conductas que tradicionalmente cultivaron sus padres y abuelos: la austeridad, la sobriedad, la solidaridad entendida como caridad, los modales refinados, el talento, el "buen gusto", el convencimiento de poseer una superioridad moral, ¿sobrevivirán a este cambio de época?


Hay algunos indicios que la base valórica de la elite dura chilena no está siendo preservada por las nuevas generaciones:


- Ya no son el ejemplo valórico que imitaban los otros grupos sociales en el pasado; es más, sus costumbres, valores, conductas, formas de ser son cuestionados por buena parte de la población. Han perdido su influencia en este campo. De esta manera, la elite, junto con retraerse a la vida privada parece estar perdiendo su influencia social, desconectándose de lo que vive el resto de la sociedad. El fuerte progresismo que hoy domina las instituciones universitarias también está influyendo en la formación de esos jóvenes hijos de la elite.


- Se ha instalado una especie de descrédito de la elite y ha surgido un fuerte resentimiento en la población, gatillado por razones justas e injustas.


- Resulta sintomático que desde hace años, al menos en los hijos del conjunto diverso más amplio llamado "clase alta", surgió el "abajismo" como referente. Una especie de sentimiento de culpabilidad por pertenecer a este estrato alto le invadió y así la elite pasó de servir como ejemplo e influencia social con las generaciones anteriores a imitar ahora el lenguaje, la vestimenta, la música, los gustos y hasta las conductas de la cultura de grupos marginales.


Finalmente, algunas preguntas que solo el futuro responderá:


- ¿Serán capaces los hijos de la elite de reconfigurar los valores que sustentaron a este grupo social y recuperar su influencia?


Aunque creo que la capacidad de la elite para controlar el poder e incrementar sus fortunas - gracias a siglos de experiencia práctica para preservarlos - no sufrirán grandes cambios, intuyo que los hijos de la elite enfrentarán un futuro complejo en cuanto a lograr ser percibidos como una aporte valorado positivamente por el resto de la sociedad y revertir la deteriorada imagen que hoy exhiben. El tiempo lo dirá.


Para quienes les guste este tema, les recomiendo leer "El inútil", novela de Joaquín Edwards Bello publicada en 1910. Fue la primera vez que alguien de la elite dura a que hace referencia mi artículo escribía sobre su propio grupo. Y causó escándalo en la época. Algunos de los personajes que dan vida a esta obra, a más de un siglo, aún están vigentes.


La puedes descargar directamente aquí:

nanopdf.com_el-inutil-de-la-familia
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en formato PDF y peso de 2.3 MB.



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